Familia

Carta de una mamá a otra

Querida mamá, compañera de batalla en esto de criar hijos:

Hoy quiero dejarte esta nota ya sea que te encuentres de un lado u otro de la situación. Imagina que estamos conversando frente a frente, con una taza de café, como amigas de hace muchos años. 

Cuando te encuentres con otra mamá, no cedas a la tentación de juzgar la manera en que cría a sus hijos. Tú solamente estás viendo un lado de la moneda, no conoces la historia completa. No compares su estilo de crianza con el tuyo, ni creas que porque tú haces las cosas de una manera necesariamente todo el mundo debe hacerlas así. Cada hijo es diferente, cada familia es diferente. 

Evita dar consejos no solicitados. Por lo general las personas, cuando quieren un consejo, lo piden. Y si no fuera así, si realmente crees que es necesario y existe la confianza suficiente, espera al momento más oportuno y ora por sabiduría y mucha gracia para tus palabras. 

Dice el libro de Proverbios: «El consejo oportuno es precioso, como manzanas de oro en canasta de plata» (25:11). ¿Palabra clave? Oportuno. Hay un momento para cada cosa, y no siempre es el momento ideal para dar consejos, especialmente si suena más a juicio que a consejo. No olvides que tú y yo, como hijas del Padre celestial, somos un producto de su gracia, infinita, inmerecida, cada día. 

Esa mamá a la que tan fácil juzgamos pudiera ser nueva en la tarea, puede que no haya tenido una familia que le sirviera de modelo, tal vez está luchando por hacer las cosas lo mejor que puede y, no obstante, siente que se le acaban las fuerzas. Si algo necesita de nosotros quizá es una palabra de ánimo, una sonrisa, una invitación a un café, un preguntarle cómo está, o simplemente tomar la decisión de orar por ella y su familia. 

Jesús es nuestro mejor modelo de otorgar gracia al que la necesita. ¡Tantos encuentros tuvo con personas que quizá tú y yo hubiéramos evitado hoy, o a quienes juzgaríamos implacablemente! Aprendamos del Maestro. 

Es mejor que nos sangre la lengua por morderla para no decir lo que no debemos y no que atravesemos el corazón de alguien con palabras hirientes, con miradas de juicio y falta de amor. 

¿Estoy defendiendo el no escuchar consejos o no darlos? ¡Claro que no! Lo que estoy proponiendo es quitarnos la toga de juez que a veces nos adjudicamos. Estoy proponiendo que en lugar de autoproclamarnos expertas en crianza asumamos el rol de compañeras de lucha. Estoy haciendo una invitación a toda mujer, incluso si no es mamá, a que practiquemos lo que nos enseña la Palabra de Dios en pasajes como este:

«No salga de la boca de ustedes ninguna palabra mala (corrompida), sino sólo la que sea buena para edificación, según la necesidad del momento, para que imparta gracia a los que escuchan» (Efesios 4:29). 

¿Lo viste? Palabras que edifiquen, es decir que sean buenas, útiles, y con gracia. 

Esta es una palabra de exhortación, no de crítica. Te la comparte alguien que ha estado de ambos lados. Alguien que ha sido herida por palabras de juicio, y que sin dudas también en algún momento las ha dicho o las ha pensado… porque así de malvado es nuestro corazón humano. Sin embargo, podemos vivir transformadas si tenemos a Cristo. 

Seamos mujeres diferentes, ¡a eso nos ha llamado Dios! 

Wendy

Publicado originalmente en wendybello.com

Crecimiento Espiritual, Crecimiento Personal, Espiritualidad

“Esto” me cambió para siempre

Siempre me han gustado los buenos modales, la cortesía ¡y la gente cortés! Creo que es uno de esos valores que se están borrando, lamentablemente. Parte de la cortesía es dar gracias a las personas por abrirnos una puerta, hacernos un favor, entregarnos un regalo, cedernos el paso, etc. Ese es un ángulo de “la gratitud”, pero en realidad, es mucho más que un acto de cortesía o de buenos modales.  La gratitud es un tema del corazón.

Hace ya unos años que Dios hizo una revolución de gratitud en mi vida. Déjame contarte.

Nunca me resultó difícil practicar el “dar gracias” como algo social y cortés. Mis padres y abuelos me lo inculcaron desde muy pequeña. Sin embargo, no vivía con un corazón agradecido. ¡Esa es la gran diferencia!

El Señor usó un libro de la autora Ann Voskamp para revelarme mi carencia, mi pecado al no vivir agradecida. ¡Y me llevó por todo un recorrido en la Biblia relacionado con el tema! Me hizo «descubrir» qué importante es para Él la gratitud de su pueblo y lo que realmente significa vivir de esa manera. Me cambió para siempre.

¿Sabes? Antes de eso me resultaba muy fácil ver lo que me faltaba, comparar mi vida con la de otras personas y quejarme sin medida. Las tres cosas son una afrenta para Dios. Las tres cosas nos hacen olvidar que en realidad no hemos hecho nada para merecer lo que tenemos. Si lo creemos de otro modo, hemos sido engañadas por el enemigo del alma, usando el orgullo como arma.

Cuando nos enfocamos en lo que nos falta, no agradecemos lo que ya tenemos. Y eso da lugar a la queja. Dios detesta la queja, algo de lo que ya hemos hablado antes. Cuando comparamos nuestra vida con la de otra persona perdemos el gozo y damos lugar a que surja la envidia. Desde el principio Dios nos dijo que no codiciáramos lo de otros. En Salmos 50:23 encontré un pasaje que abrió mis ojos a la importancia de vivir agradecidas.

«El que ofrece sacrificio de acción de gracias me honra» (LBLA).

«Quien me ofrece su gratitud, me honra» (NVI).

La gratitud de nuestro corazón honra a Dios, ¿por qué? Porque reconoce su bondad, reconoce su misericordia, su gracia, su fidelidad, su amor inagotable. No podemos decir que amamos a Dios y no vivir agradecidas. Ambas cosas van de la mano. ¡Cuánto le agradezco al Señor que me enseñara esta verdad en su propia Palabra!

Entendí que había dejado que la ingratitud se arraigara en mi corazón y perdí de vista que Dios había sido, y es, extremadamente bueno. La lista podía comenzar por el regalo de una salvación inmerecida, el poder respirar, caminar, ver, tener familia, amigos, ¡y tanto más! También aprendí que vivir así alegra el corazón porque no se puede vivir agradecido y a la vez estar amargado o triste constantemente.

Además, Dios usó 1 Tesalonicenses 5:18 para mostrarme que la gratitud no solo le honra, sino que es un mandato suyo para nuestras vidas:

«Sean agradecidos en toda circunstancia, pues esta es la voluntad de Dios para ustedes, los que pertenecen a Cristo Jesús» (NTV).

Así que ya no tenía opción, no podía elegir entre ser agradecida o no. Si realmente quiero obedecer a mi Padre, entonces vivir agradecida es parte de mi obediencia.

Pero, como todas las cosas, esto no ocurre de la noche a la mañana. Primero le pedí perdón al Señor por el pecado de mi ingratitud y por no reconocer su bondad inmerecida. Y, además, le pedí que creara en mí un nuevo corazón, un corazón agradecido, y que me enseñara a cultivarlo (el proceso continúa). 

Fue así como comencé a llevar un «diario de gratitud», a contar bendiciones; no importa cuán grande o pequeño sea, todo es un regalo de Dios (Santiago 1:17).  No es nada complicado, simplemente anotar aquellas cosas por las que podemos dar gracias a Dios, cada día o siempre que puedas, de modo que se convierten en un testimonio de la fidelidad de Dios y aprendemos a reconocer su bondad… ¡a vivir agradecidas!

Mi querida lectora, estamos en noviembre, mes que tradicionalmente dedicamos a este tema. ¿Te ha hablado Dios a través de este mensaje? ¿Estás viviendo agradecida o estás atrapada en el pozo de la ingratitud? ¡Hoy puedes, de la mano del Señor, comenzar a vivir diferente! Y comenzar a honrar a Dios siendo una mujer agradecida. Motivos nos sobran, Cristo es el primero.

Bendiciones,

Wendy

(Publicado originalmente en wendybello.com)

Espiritualidad

Celebrar mas que en días especiales

Cuando era niña me encantaba revisar el aparador en casa de mi abuela. Allí ella guardaba las vajillas, los cubiertos y todas las cosas lindas para los días especiales. Eran dos vajillas inglesas, una con adornos azules y la otra con adornos rojos. Y cada una ya tenía futuras herederas: mi prima y yo. Eran un recuerdo de familia. 

Después, cuando me casé, mi abuela me regaló la vajilla roja. Pude usarla en algunas ocasiones pues siempre me ha gustado poner una mesa linda, con todos los detalles, una herencia de mi abuela y mi mamá. Pero seis años después nos fuimos del país y la vajilla quedó atrás. Aquí tengo ahora dos o tres piezas, como recuerdo de mis abuelos y también de mi infancia.
Un día mientras preparaba la cena, mexicana por cierto, me puse a pensar en por qué guardamos tanto las cosas para los momentos “especiales” de la vida. Y es verdad, hay momentos así, que meritan cosas especiales; pero como lo indica su nombre, por ser especiales son pocos. Son más los cotidianos, los de diario, los que damos por sentado pero que no sabemos cuándo terminarán. De modo que mientras terminaba la cena decidí que sacaría ese día cotidiano algunas de mis cosas especiales. ¿Por qué? Porque vale la pena disfrutar cada día como si fuera algo especial. En verdad lo es. Es una oportunidad de vivir, es una oportunidad de reír, de compartir juntos en familia, de disfrutar las bendiciones que Dios nos da.
A veces esperamos tanto a que llegue “ese momento” que la vida se nos va entre las manos. “Cuando te vengan buenos tiempos, disfrútalos…que el hombre nunca sabe con qué habrá de encontrarse después”, sabias palabras de un hombre que aprendió a valorar la brevedad de la vida, Salomón, y que puedes encontrar en Eclesiastés 7:14.  Cada día que el Señor nos permite vivir es un regalo. Estoy tratando de poner en práctica lo que aprendí leyendo el libro “Un millar de regalos” (One Thousand Gifts) de Ann Voskamp, una excelente autora canadiense. Te lo recomiendo.
En el mismo libro de Eclesiastés, Salomón nos da este otro consejo:
“Disfruta de lo que tienes en lugar de desear lo que no tienes; soñar con tener cada vez más no tiene sentido, es como perseguir el viento” (6:9).
Tenemos garantizadas solos las 24 horas que estamos viviendo. Cada día que amanecemos es un regalo, algo especial. ¡Y los regalos son motivos de celebración! Por eso ese día que les cuento, miré en mi propio aparador y saqué algunas de las bendiciones reservadas para días “especiales” y celebré un día normal.
En ocasiones no nos percatamos de que todo cambia cuando cambia nuestra perspectiva. Dios quiere que aprendamos a vivir dando gracias, disfrutando los momentos, la vida abundante… que no es abundancia de riquezas, como piensan algunos, es abundancia en el corazón. Cuando vivimos celebrando lo cotidiano, también cambia nuestra actitud.
Estamos en fin de semana, y seguro ya tienes planes; o tal vez no. De cualquier manera, antes de ninguna otra cosa, decide vivir esos días como lo que son, un regalo de Dios. Celebra con las bendiciones que has recibido, da gracias por lo que tienes y disfruta. Esa es la abundancia que trae Dios al corazón.
Por cierto, el Señor es tan bueno que la vajilla que tengo ahora también es un regalo de mi abuela que ya tiene 96 años pero sigue siendo una bendición para su familia. ¡Otro motivo para dar gracias y celebrar!
Vive la vida como Dios la diseñó.
wendybello.com

Wendy

Espiritualidad, Familia

Lo mejor que puedes hacer por tu matrimonio

El matrimonio es la más hermosa de las relaciones humanas, y también la más compleja. Piénsalo. Dos personas completamente diferentes deciden unir sus vidas, compartir todo tipo de experiencias, construir un futuro como familia.
Pero son dos personas imperfectas, con sus propios equipajes de cosas que fueron recolectando por el camino. Actitudes, hábitos, pensamientos, temores, dudas, prioridades. Lo que para uno de los parece ser muy importante, para el otro no lo es. Los conceptos de cosas tan sencillas como el orden de la casa pueden ser tan diferentes como el agua y el aceite. Y a todo eso súmale que se trata de un hombre y una mujer, ¡qué seres tan distintos!

Sin darnos cuentas muchas veces llegamos al matrimonio con una agenda escondida. ¿Cuál? La de cambiar a la otra persona. Nos lo proponemos y luchamos a brazo partido por lograrlo. En la mayoría de los casos terminamos frustradas y hasta resentidas porque no vemos el resultado esperado.
Hoy quisiera proponerte un método diferente. Quiero sugerirte que dejes a un lado esa estrategia y tomes otra, más sencilla pero con enorme poder. ¡Decide orar por tu matrimonio! Y voy a darte algunos puntos de partida. El resto es tarea extra clase, puedes buscar tú misma de acuerdo a tu necesidad y decidir cómo vas a orar por tu matrimonio. Estoy convencida de que si perseveramos en esto, sí veremos resultados.
¿Te atreves?
Padre hoy yo oro por:

…la prioridad de esta relación para los dos. Ninguna otra relación humana puede ser más importante y tenemos que protegerla. “el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su esposa, y los dos se convierten en uno solo”, Génesis 2:24.

…que como familia sirvamos a Dios siempre y esa sea nuestra misión. “Pero en cuanto a mí y a mi familia, nosotros serviremos al Señor” Josué 24:15.

…la pureza de mi matrimonio. Esta relación es algo santo para Dios, es decir, algo separado. No podemos contaminarlo con cosas que sean abominación para él. No hay lugar para la pornografía en un matrimonio que ame a Dios. “Honren el matrimonio, y los casados manténganse fieles el uno al otro. Con toda seguridad, Dios juzgará a los que cometen inmoralidades sexuales y a los que cometen adulterio”, Hebreos 13:4.

…una actitud de amor, a la manera de Dios. “Ámense unos a otros con un afecto genuino y deléitense al honrarse mutuamente”, Romanos 12:10.

…que cada uno desempeñe su rol. “Es más, sométanse unos a otros por reverencia a Cristo. Para las esposas, eso significa: sométase cada una a su marido como al Señor… Para los maridos, eso significa: ame cada uno a su esposa tal como Cristo amó a la iglesia. Él entregó su vida por ella” Efesios 5:21, 22, 25.

…que seamos bondadosos y no egoístas.  “El amor es bondadoso… si tienen ambiciones egoístas en el corazón, no encubran la verdad con jactancias y mentiras… la envidia y el egoísmo no forman parte de la sabiduría que proviene de Dios”, 1 Corintios 13:4, Santiago 3:14-15.

…que no caigamos presa de celos. “El amor no es celoso… Por lo tanto, desháganse de toda mala conducta…. celos”, 1 Corintios 13:4, 1 Pedro 2:1.

…que al criar a nuestros hijos lo hagamos con amor y sabiduría divina. “Padres, no hagan enojar a sus hijos con la forma en que los tratan. Más bien, críenlos con la disciplina e instrucción que proviene del Señor…  Si necesitan sabiduría, pídansela a nuestro generoso Dios, y él se la dará; no los reprenderá por pedirla”, Efesios 6:6, Santiago 1:5.

…que entendamos que la otra persona es humana, se equivoca, no es perfecta y como yo, necesita recibir gracia y perdón, de Dios y de mi parte. “El amor es paciente… sean amables unos con otros, sean de buen corazón, y perdónense unos a otros, tal como Dios los ha perdonado a ustedes por medio de Cristo”, 1 Corintios 13:4, Efesios 4:32.

…que las palabras que usemos sean para bendición. “Por lo tanto, desháganse de toda mala conducta. Acaben con toda clase de comentarios hirientes… Que las palabras de mi boca y la meditación de mi corazón sean de tu agrado, oh Señor, mi roca y mi redentor”,  1 Pedro 2:1, Salmos 19:14.

{Los versículos no están completos, son fragmentos a manera de oración.}
Como te dije, esto es solo un comienzo, ¡hay mucho más! Lo importante es comenzar. No podemos olvidar algo que ya hemos hablado antes: nuestra función es orar por nuestro esposo, la función de cambiarlo es del Espíritu Santo. Y primero que nada, oremos para que el Señor cambie nuestro propio corazón.
Muchas bendiciones,

Wendy


(Este artículo fue publicado originalmente en wendybello.com)   

Familia, Uncategorized

Mamá sana, familia sana.

Cada maestro tiene su librito y cada mamá sus propios métodos. Pero una cosa se cumple de cualquier manera: una mamá  siempre cansada es una mamá gruñona.  Y fíjate en que dije “siempre”, porque en realidad es un hecho que las mamás muchas veces nos sentimos cansadas. Especialmente cuando los niños son pequeños, las noches no se duermen bien, una personita depende de ti para comer, para dormir, para bañarse, para sentirse limpia, etc. Eso nos agota físicamente.

Pero esa etapa que acabo de describir es normalmente eso, una etapa, y pasa. El problema está cuando por distintas razones nos volvemos adictas a estar cansadas. Sí, nos parece que es algo inherente al título de madre y hasta lo ondeamos como bandera aunque no se lo digamos a nadie: “¡Estoy extenuada, símbolo de que soy una madre extraordinaria!”
Ahora bien, no me malentiendas. Sé que cuando tenemos que trabajar, atender una casa, una familia, y a eso sumarle tal vez otras responsabilidades en la iglesia o la sociedad, es muy lógico que nos sintamos cansadas físicamente. Y hago un paréntesis para decir que admiro muchísimo a las mamás solteras porque carecen del apoyo de un esposo y tienen que enfrentarlo todo solas. ¡Eso sí que es agotador!

Pero en muchos casos nuestro problema con el cansancio viene también porque no sabemos o no hacemos nada por cuidarnos.


Y regreso a mi afirmación del principio, cuando estamos cansadas nos volvemos gruñonas, perdemos muy fácilmente la paciencia y no disfrutamos la vida.


Te confieso que a mí no me gusta hacer ejercicios pero sé que es algo en primer lugar necesario y en segundo muy bueno para no estar cansadas siempre. Cuando practicamos el ejercicio físico, hay mayor movimiento de sangre y por lo tanto de oxígeno. Eso produce bienestar, mejor enfoque y aunque parezca contradictorio, menos cansancio. De modo que aquellas de nosotros que somos menos deportivas, tenemos que intentar hacer algún tipo de ejercicio físico. Nuestro cuerpo y nuestra familia nos lo agradecerán.


Otro problema que tenemos las mamás es que no nos alimentamos bien. ¿Alguien me secunda? Es así. Nos preocupamos mucho por cuidar de nuestra familia, preparamos los almuerzos de nuestros hijos para que los lleven a la escuela y demás. Pero nosotras “comemos cualquier cosa”. Un día recogí a mi hijo de cinco años después de la escuela y le dije: “¡Tengo un hambre!” ¿Sabes que me contestó? “Mami, ¿otra vez no almorzaste?”

(¡No por gusto dice Jesús que tenemos que ser como niños!) En realidad tenemos que priorizar el estar bien alimentadas porque un cuerpo mal alimentado es un cuerpo débil y mal preparado para luchar contra las enfermedades. Así que cuidemos nuestra dieta. No comamos “cualquier cosa”, ni tampoco saltemos los horarios de comida.


El último problema que quiero abordar es el tiempo. Cuando nos convertimos en mamá enseguida nos damos cuenta de que el tiempo ya no nos pertenece de la misma manera porque en el horario en que antes quizá te sentabas a leer, ahora estás cambiando pañales. O ya no puedes ir tanto de compras con amigas porque tienes proyectos escolares con los cuales ayudar, ropa por lavar, comidas que preparar, etc.


Sin embargo, necesitamos dejar un margen en el calendario para nosotras. ¡Y no sentirnos culpables por hacerlo! Un espacio en la semana donde puedas hacer algo que no implique tu tarea de mamá te ayudará a mantener mejor estado de ánimo, recargará tus baterías físicas y emocionales. Por supuesto,  en toda nuestra administración del tiempo no olvidemos que cada día necesitamos una cita con Dios. Esa es la más importante para que todo lo demás ocupe su lugar.


Amiga lectora, independientemente de en qué etapa de la vida te encuentres, eres responsable ante Dios de cuidar de tu cuerpo como un todo (incluyendo tu espíritu y tu alma) porque ese cuerpo te lo dio él y ahora también es su casa. Así como cuidamos de nuestros hijos y de nuestros esposos, aprendamos a cuidar de nosotras mismas y les estaremos dando a ellos lo mejor, una mamá y/o esposa sana y feliz.

¡Bendiciones!

Publicado originalmente en wendybello.com

Wendy

Equipo

Nuestro equipo: Wendy Bello

¡Hola! Mi nombre es Wendy y aunque nací en Cuba hace muchos años que ya vivo en los Estados Unidos. Hace 19 años soy la esposa de un hombre al que amo con todo mi corazón y Dios nos regaló dos tesoros preciosos, nuestros hijos de 11 y 6 años. 
Aunque de profesión soy traductora y editora, mi verdadera pasión está en escribir y compartir con otros lo que Dios me enseña a través de su Palabra para aprender a vivir tal y como él lo diseñó. Me parece maravilloso que podamos vincular las experiencias cotidianas con las enseñanzas de la Biblia y ver que en ella tenemos un manual para vivir una vida extraordinaria.

Por eso uno de mis pasajes favoritos de la Biblia es este: 
“Mi propósito es darles una vida plena y abundante” (Juan 10:10).


Tengo una casa en la web donde puedes visitarme y siempre serás bien recibida: www.wendybello.com. Además publico en otros sitios como www.Bibliavida.comwww.crosswalk.com y www.christianity.com


Me encanta visitar lugares históricos, ciudades antiguas, probar platos nuevos y todo lo que tenga que ver con organizar la casa… aunque no quiere decir que viva en un estado absoluto de organización. 🙂  La música, la lectura y un buen café mocha son tres placeres que disfruto y agradezco a Dios. 
Me encanta ser parte de este sitio y compartir contigo un poco de la vida como Dios la diseñó.
¡Un abrazo desde la capital del sol, Miami!

Wendy

Crecimiento Personal, Equipo

El problema con el cosismo

Llega un momento en la vida en que nos damos cuenta de que lo que realmente importa no es lo que los demás piensen, ni la casa en que vivimos, ni los “juguetes” que coleccionemos, ni las marcas que llenan nuestros closets y armarios…son las relaciones y los recuerdos que construimos alrededor de estas.

Leí esto hace tiempo y se quedó grabado en mi memoria: colecciona momentos, no cosas.Lamentablemente muchas veces la vida se nos va en lo segundo y no en lo primero. Pero como mujeres que anhelan vivir en el diseño de Dios necesitamos romper con esta mentalidad de “cosismo”. ¿Sabes?, el gran peligro de esto es que nos mantiene tan entretenidas persiguiendo lo tangible que el corazón se nos va cerrando y aislando…incluso de Dios.
Me lleva a pensar en la famosa conversación que sostuvo Jesús en cierta oportunidad con un hombre joven que quería seguirle, quería tener lo que solo Jesús podía ofrecer: vida eterna. Seguro la conoces. Pero el problema con este pasaje está en que muchas veces creemos que solo aplica “a los ricos”, a los que tienen en abundancia, y no a la gente común y corriente.
Por un lado, en realidad la categoría de “rico” es muy relativa porque lo que tú y yo pudiéramos considerar normal, común es riqueza y lujo para una gran parte de la población mundial.Por otro lado, y esto es lo que quiero que nos llevemos hoy, no hace falta tener mucho para padecer de “cosismo” (un término que decido acuñar hoy), es más bien una cuestión del corazón. ¿Qué nos mueve, qué nos motiva? ¿Qué nos llena?
Las cosas, sean muchas o pocas, son cosas, van y vienen, se rompen, se ponen viejas, se pierden. Las relaciones y los momentos, por el contrario, tienen la cualidad de permanecer… o al menos así se supone que sea.
Es bueno y delicioso habitar en armonía, es decir, convivir, compartir. Y para que eso ocurra en verdad no necesitamos tener un enorme banquete ni las decoraciones más exquisitas. Se necesitan personas. Eso sí.
Mi abuela, quien a los 97 años partió con el Señor, solía decir cada vez que se acercaba una fecha: no me regalen nada, yo no necesito nada. Sin embargo, su rostro se ilumina de felicidad cada vez que llegamos a visitarla, nos sentamos junto a ella, le contamos de nuestra vida, oramos con ella. Relaciones. Momentos. Eso sí que permanece.
Solo nosotros podemos decidir cómo “gastar” nuestra vida: en cosas o en personas. Si lo piensas bien, el plan de Dios está claro: las personas. ¿Acaso no fue eso lo que motivó la cruz?
Amiga lectora, todavía estás a tiempo de hacer un giro en “u” y pedirle a Dios que si el cosismo te ha contagiado, de una vez y por todas te sane. No dejes de tomar las vitaminas diarias para prevenirlo: acción de gracias; tiempo para dedicar a los demás; tiempo para mirar al cielo y contemplar la belleza de la creación; tiempo para tu relación principal, con Dios; tiempo para hacer un alto, dar un beso, abrazar, alentar, animar.
Las cosas nunca nos podrán llenar porque Dios nos hizo a su imagen, para relacionarnos con él y con los demás. No nos dio un baúl para llenarlo de cosas, nos dio un corazón para llenarlo de él. ¡Vamos a vivir como Dios lo diseñó!
Bendiciones,

Wendy

Cosas de Casa

Cestas de ropa y un corazón quejoso.

Estoy convencida de que el cuarto de lavandería de mi casa tiene propiedades “mágicas”, porque las cestas de ropa parecen multiplicarse en lugar de reducirse. ¿Te pasa lo mismo? La verdad es que, a pesar de esto, prefiero la parte de lavar a la parte de doblar y guardar.

En fin que hace unos días era tarde ya en la noche y estaba haciendo esta tarea tan poco atractiva para mí. Los niños ya dormían y mi esposo…también. Lo miré por unos instantes y el monólogo empezó en mi mente. “Yo también quisiera estar durmiendo. Nadie piensa en lo cansada que yo estoy. “
Después de un día entero de trabajo, niños, casa…qué poco me considera a veces”, etc. Ya tienes la idea. 
Por alguna razón, los seres humanos somos bastante adictos a la auto compasión, y creo que a veces hasta la disfrutamos. Sobre todo las mujeres. No sé por qué. Finalmente terminé de guardar la ropa y como todavía no tenía sueño suficiente, me puse a leer.
Dios tiene maneras muy sutiles de hablarnos. Se quedó callado mientras el monólogo de mi mente ocupaba mis pensamientos. Pero cuando yo guardé silencio para leer, él habló. “Coincidentemente” me tocaba leer sobre una mujer que  también estaba cuestionando por qué otros no valoraban lo que hacía. Y ¡pum!, las palabras me golpearon como una buena bofetada. 
Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo, conscientes de que el Señor los recompensará con la herencia. Ustedes sirven a Cristo el Señor.” 

Yo las había leído muchas veces, pero nunca me habían “golpeado”. 
No hizo falta más nada. Repasé otra vez los últimos minutos, mi monólogo quejumbroso, y me hice una pregunta: ¿por qué hago lo que hago? ¿Qué me motiva? ¿Por qué doblo y guardo la ropa…además de por las razones obvias?
Entendí de inmediato que de mi respuesta a esta pregunta dependía que mi corazón se mantuviera limpio de quejas y resentimientos que podrían acomodarse tanto que se quedarían allí para siempre.En múltiples ocasiones nos toca hacer cosas que no nos gustan mucho, pero si pensamos que, independientemente de lo que sea, podemos hacerlo como para el Señor, nuestra actitud cambiará, lo pesado ya no lo será tanto, y nos libraremos de la esclavitud de la autocompasión.  La autocompasión es enfermiza y es prima hermana de la amargura. Aquella noche, en poco tiempo y con pocas palabras, Dios me dio una lección. Cuestionó mis motivos y me hizo ver las cestas de ropa de manera diferente. 
Todavía no me gusta la tarea de doblar y guardar, pero decidí que lo haré con la misma actitud que hago las cosas que sí me gustan, y como si el único público fuera el cielo. Quizá hoy puedas pensar en eso que tanto te molesta hacer y probar esta nueva estrategia.


P.D. Honor a quien honor merece. Aquel día mi esposo ya estaba durmiendo pero en muchas otras ocasiones es él quien me ayuda a vaciar las cestas de ropa, doblarla y ponerla en su lugar.

Bendiciones,

Wendy

Salud y Belleza, Uncategorized

Tienes permiso para dejar de sufrir

“Ahora bien, el SEÑOR le dijo a Samuel: —Ya has hecho suficiente duelo por Saúl. Lo he rechazado como rey de Israel, así que llena tu frasco con aceite de oliva y ve a Belén.” 1 Samuel 16:1
El profeta había sufrido mucho por Saúl y las malas decisiones que provocaron que Dios lo rechazara como rey. De hecho en el capítulo 15 se nos dice que “lloraba por él constantemente”. Está claro que Samuel quería a Saúl. Así que lloraba por él. Sin embargo, un día el Señor le comunicó a Samuel que había llegado el momento de parar de sufrir y hacer duelo.

Antes de seguir adelante quiero hacer una pausa para decirte algo: el Señor ve todas y cada una de tus lágrimas, él no es ajeno a tu dolor. Su Palabra lo afirma: 

“Tú llevas la cuenta de todas mis angustias  y has juntado todas mis lágrimas en tu frasco;  has registrado cada una de ellas en tu libro.” (Salmos 56:8)

De manera que no le creas al enemigo cuando susurre a tu oído que a Dios no le importa lo que estás pasando, que tus lágrimas son invisibles para el Señor. ¡Esa es una de sus tantas mentiras! Dios no es hombre para que mienta, de manera que si él dice que tus lágrimas están registradas en su libro, así es.
El dolor, el sufrimiento es una consecuencia del pecado que ahora sujeta a este mundo, pero Dios un día transformará todo ese llanto en alegría eterna. ¿Quiero eso decir que no hay lugar para el dolor? ¡Claro que no! De hecho en este pasaje entendemos que Dios comprendía el dolor de Samuel. Hay situaciones en la vida que nos provocan dolor, lágrimas, y la mejor manera es pasar la etapa confiadas en que aunque sufrimos, y con toda razón derramamos lágrimas, Dios está a nuestro lado. Por lo general el dolor nos refina, nos acerca más a Dios, nos pone de rodillas. No es fácil pasarlo, no siempre tenemos respuestas y no podemos entenderlo 100 por ciento. Pero Dios no nos deja solas.
Sin embargo, un día tenemos que escuchar su voz diciendo lo que dijo a Samuel: “Ya has sufrido lo suficiente por…” Las mujeres somos bastante sufridas y a veces creemos que no tenemos derecho a dejar de sufrir. Pero Dios dice algo muy diferente. Después de los momentos de dolor siempre vienen momentos de empezar de nuevo. Entonces, como Samuel,  tenemos que llenar nuestro frasco con aceite de oliva y ver lo nuevo que Dios va a hacer. En el Antiguo Testamento el aceite casi siempre es un sinónimo de bendición, de abundancia.
Dicho con otras palabras, Dios le indicó a Samuel: Ya el tiempo de sufrir ha terminado. Tienes que seguir adelante y ver lo que yo puedo hacer. Voy a hacer algo nuevo, una nueva oportunidad para Israel. Mi bendición será evidente. Así que levántate y haz lo que te digo.
¿Qué tal si Dios estuviera diciéndote eso mismo hoy? Ya el tiempo de sufrir ha terminado. No importa si el motivo fue un error de tu parte, o algo que estuvo totalmente fuera de control. Dios y tú saben si ha llegado el momento de dejar de sufrir y dar espacio a lo nuevo.
Y quizá eso nuevo empiece contigo misma. Tal vez hasta hoy has vivido presa en un pasado que no quieres soltar, y sigues allí sufriendo. Pero en Cristo, “¡lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!” Tú has sido bendecida con toda bendición espiritual. El Señor ha llenado tu frasco con un aceite nuevo, una unción nueva. Para de sufrir, levántate y toma tu frasco porque el Dios del universo está a punto de hacer algo nuevo y tú serás su testigo.
Bendiciones,

(Publicado originalmente en wendybello.com)

Wendy

Espiritualidad, Familia

Por tu bien y el de tu familia decide “estar”

No fue solo la belleza del mar ni su olor cautivante, ni la suavidad de la blanquísima arena o la brisa refrescante  cargada de sal en medio del ardiente verano. Sí, disfruté todo eso, y mucho… pero lo que realmente me llevé de esas vacaciones fue mucho más duradero.

Esto lo anoté en mi diario en el último día:

“Sin dudas uno tiene que ser intencional para disfrutar las bendiciones, jugar con los hijos, reír con ellos, y sacar lo mejor de cada momento que se nos regala de este lado de la eternidad.”

Algo intencional es algo deliberado, es decir, que se hace a propósito, se decide. Y justo eso fue lo que marcó mis vacaciones aquel año: la decisión de “estar” en el momento. ¿Sabes? Podemos estar físicamente en un lugar pero no estar realmente. Nuestra mente puede divagar, la tecnología puede distraernos (¡y mucho!). Le pedí al Señor en esas vacaciones que me ayudara a ser intencional para “estar allí”, de verdad.
¡Y qué diferente fue! Estar para ver la sonrisa de mis hijos, para nadar y encontrar bizcochos de mar, para construir muñecos de arena y levantarnos temprano en busca de caracoles. Estar para abrazar  y besar a mi esposo una y otra vez, y disfrutar su compañía, y caminar de la mano. Estar para contemplar la magnificencia del atardecer, para darnos un chapuzón en la piscina y esperar que el cielo pasara de azul a negro con estrellas, matizado por el rojo y naranja del atardecer.
Dios me habló mucho en esos momentos. Me recordó que en un abrir y cerrar de ojos ya mis hijos crecerán. Que el mañana no es garantía, solo el hoy. Que para escuchar su voz tengo que bajar la marcha, que las relaciones necesitan tiempo no planificado; que nuestras familias crecen hacia arriba y hacia abajo, echando raíces profundas, cuando decidimos “estar” y dejar que el mundo siga girando mientras nosotros escogemos nuestro propio ritmo.
Esa fue nuestra tercera visita a esa playa, pero sin dudas, y por consenso familiar, fue la mejor. ¿Qué marcó la diferencia? Me atrevo a decir que fue la decisión de “estar”, de no apurarnos, de disfrutar la compañía mutua, de no llenar el horario de actividades, de decir sí a todo lo que verdaderamente lo meritaba y dejar pasar el resto.
Lamentablemente no podemos vivir en ese lugar para siempre, ni estar siempre de vacaciones, pero sí podemos escoger una actitud de “estar”. Una actitud intencional a favor de aquello que es en verdad importante.
En ese mismo día que te comenté al principio anoté:

“Señor, ayúdame para que al regresar yo pueda esconder todo esto y seguir actuando con un corazón agradecido… que pueda balancearlo todo.”

Vivir con la intención de “estar” es justo eso, vivir en equilibrio. Aprender que, como dice Eclesiastés: “Hay una temporada para todo, un tiempo para cada actividad bajo el cielo” (3:1). 
Muchas cosas reclaman a gritos nuestra atención, pero no todas nos corresponden. Leí esto hace un tiempo y te lo quiero compartir: “No todas las oportunidades están a destinadas a ser mi tarea”. Lysa TerKeurst.
Mi querida lectora, escojamos “estar”, de verdad. Busquemos una vida de equilibrio, con prioridades en las relaciones, en lo que de verdad importa. No aglomeremos tanto nuestra agenda que la vida se nos vaya de una tarea en otra, de un compromiso en otro. Recuerda, solo hoy puedes “estar” y disfrutar ese momento único que se convertirá en los dulces recuerdos de mañana.
Esa es la abundancia de vida que Dios diseñó, ¡disfrútala!  
Bendiciones,

Wendy

Publicado originalmente en wendybello.com