Crecimiento Personal, Equipo

El problema con el cosismo

Llega un momento en la vida en que nos damos cuenta de que lo que realmente importa no es lo que los demás piensen, ni la casa en que vivimos, ni los “juguetes” que coleccionemos, ni las marcas que llenan nuestros closets y armarios…son las relaciones y los recuerdos que construimos alrededor de estas.

Leí esto hace tiempo y se quedó grabado en mi memoria: colecciona momentos, no cosas.Lamentablemente muchas veces la vida se nos va en lo segundo y no en lo primero. Pero como mujeres que anhelan vivir en el diseño de Dios necesitamos romper con esta mentalidad de “cosismo”. ¿Sabes?, el gran peligro de esto es que nos mantiene tan entretenidas persiguiendo lo tangible que el corazón se nos va cerrando y aislando…incluso de Dios.
Me lleva a pensar en la famosa conversación que sostuvo Jesús en cierta oportunidad con un hombre joven que quería seguirle, quería tener lo que solo Jesús podía ofrecer: vida eterna. Seguro la conoces. Pero el problema con este pasaje está en que muchas veces creemos que solo aplica “a los ricos”, a los que tienen en abundancia, y no a la gente común y corriente.
Por un lado, en realidad la categoría de “rico” es muy relativa porque lo que tú y yo pudiéramos considerar normal, común es riqueza y lujo para una gran parte de la población mundial.Por otro lado, y esto es lo que quiero que nos llevemos hoy, no hace falta tener mucho para padecer de “cosismo” (un término que decido acuñar hoy), es más bien una cuestión del corazón. ¿Qué nos mueve, qué nos motiva? ¿Qué nos llena?
Las cosas, sean muchas o pocas, son cosas, van y vienen, se rompen, se ponen viejas, se pierden. Las relaciones y los momentos, por el contrario, tienen la cualidad de permanecer… o al menos así se supone que sea.
Es bueno y delicioso habitar en armonía, es decir, convivir, compartir. Y para que eso ocurra en verdad no necesitamos tener un enorme banquete ni las decoraciones más exquisitas. Se necesitan personas. Eso sí.
Mi abuela, quien a los 97 años partió con el Señor, solía decir cada vez que se acercaba una fecha: no me regalen nada, yo no necesito nada. Sin embargo, su rostro se ilumina de felicidad cada vez que llegamos a visitarla, nos sentamos junto a ella, le contamos de nuestra vida, oramos con ella. Relaciones. Momentos. Eso sí que permanece.
Solo nosotros podemos decidir cómo “gastar” nuestra vida: en cosas o en personas. Si lo piensas bien, el plan de Dios está claro: las personas. ¿Acaso no fue eso lo que motivó la cruz?
Amiga lectora, todavía estás a tiempo de hacer un giro en “u” y pedirle a Dios que si el cosismo te ha contagiado, de una vez y por todas te sane. No dejes de tomar las vitaminas diarias para prevenirlo: acción de gracias; tiempo para dedicar a los demás; tiempo para mirar al cielo y contemplar la belleza de la creación; tiempo para tu relación principal, con Dios; tiempo para hacer un alto, dar un beso, abrazar, alentar, animar.
Las cosas nunca nos podrán llenar porque Dios nos hizo a su imagen, para relacionarnos con él y con los demás. No nos dio un baúl para llenarlo de cosas, nos dio un corazón para llenarlo de él. ¡Vamos a vivir como Dios lo diseñó!
Bendiciones,

Wendy

Cosas de Casa

Cestas de ropa y un corazón quejoso.

Estoy convencida de que el cuarto de lavandería de mi casa tiene propiedades “mágicas”, porque las cestas de ropa parecen multiplicarse en lugar de reducirse. ¿Te pasa lo mismo? La verdad es que, a pesar de esto, prefiero la parte de lavar a la parte de doblar y guardar.

En fin que hace unos días era tarde ya en la noche y estaba haciendo esta tarea tan poco atractiva para mí. Los niños ya dormían y mi esposo…también. Lo miré por unos instantes y el monólogo empezó en mi mente. “Yo también quisiera estar durmiendo. Nadie piensa en lo cansada que yo estoy. “
Después de un día entero de trabajo, niños, casa…qué poco me considera a veces”, etc. Ya tienes la idea. 
Por alguna razón, los seres humanos somos bastante adictos a la auto compasión, y creo que a veces hasta la disfrutamos. Sobre todo las mujeres. No sé por qué. Finalmente terminé de guardar la ropa y como todavía no tenía sueño suficiente, me puse a leer.
Dios tiene maneras muy sutiles de hablarnos. Se quedó callado mientras el monólogo de mi mente ocupaba mis pensamientos. Pero cuando yo guardé silencio para leer, él habló. “Coincidentemente” me tocaba leer sobre una mujer que  también estaba cuestionando por qué otros no valoraban lo que hacía. Y ¡pum!, las palabras me golpearon como una buena bofetada. 
Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo, conscientes de que el Señor los recompensará con la herencia. Ustedes sirven a Cristo el Señor.” 

Yo las había leído muchas veces, pero nunca me habían “golpeado”. 
No hizo falta más nada. Repasé otra vez los últimos minutos, mi monólogo quejumbroso, y me hice una pregunta: ¿por qué hago lo que hago? ¿Qué me motiva? ¿Por qué doblo y guardo la ropa…además de por las razones obvias?
Entendí de inmediato que de mi respuesta a esta pregunta dependía que mi corazón se mantuviera limpio de quejas y resentimientos que podrían acomodarse tanto que se quedarían allí para siempre.En múltiples ocasiones nos toca hacer cosas que no nos gustan mucho, pero si pensamos que, independientemente de lo que sea, podemos hacerlo como para el Señor, nuestra actitud cambiará, lo pesado ya no lo será tanto, y nos libraremos de la esclavitud de la autocompasión.  La autocompasión es enfermiza y es prima hermana de la amargura. Aquella noche, en poco tiempo y con pocas palabras, Dios me dio una lección. Cuestionó mis motivos y me hizo ver las cestas de ropa de manera diferente. 
Todavía no me gusta la tarea de doblar y guardar, pero decidí que lo haré con la misma actitud que hago las cosas que sí me gustan, y como si el único público fuera el cielo. Quizá hoy puedas pensar en eso que tanto te molesta hacer y probar esta nueva estrategia.


P.D. Honor a quien honor merece. Aquel día mi esposo ya estaba durmiendo pero en muchas otras ocasiones es él quien me ayuda a vaciar las cestas de ropa, doblarla y ponerla en su lugar.

Bendiciones,

Wendy

Salud y Belleza, Uncategorized

Tienes permiso para dejar de sufrir

“Ahora bien, el SEÑOR le dijo a Samuel: —Ya has hecho suficiente duelo por Saúl. Lo he rechazado como rey de Israel, así que llena tu frasco con aceite de oliva y ve a Belén.” 1 Samuel 16:1
El profeta había sufrido mucho por Saúl y las malas decisiones que provocaron que Dios lo rechazara como rey. De hecho en el capítulo 15 se nos dice que “lloraba por él constantemente”. Está claro que Samuel quería a Saúl. Así que lloraba por él. Sin embargo, un día el Señor le comunicó a Samuel que había llegado el momento de parar de sufrir y hacer duelo.

Antes de seguir adelante quiero hacer una pausa para decirte algo: el Señor ve todas y cada una de tus lágrimas, él no es ajeno a tu dolor. Su Palabra lo afirma: 

“Tú llevas la cuenta de todas mis angustias  y has juntado todas mis lágrimas en tu frasco;  has registrado cada una de ellas en tu libro.” (Salmos 56:8)

De manera que no le creas al enemigo cuando susurre a tu oído que a Dios no le importa lo que estás pasando, que tus lágrimas son invisibles para el Señor. ¡Esa es una de sus tantas mentiras! Dios no es hombre para que mienta, de manera que si él dice que tus lágrimas están registradas en su libro, así es.
El dolor, el sufrimiento es una consecuencia del pecado que ahora sujeta a este mundo, pero Dios un día transformará todo ese llanto en alegría eterna. ¿Quiero eso decir que no hay lugar para el dolor? ¡Claro que no! De hecho en este pasaje entendemos que Dios comprendía el dolor de Samuel. Hay situaciones en la vida que nos provocan dolor, lágrimas, y la mejor manera es pasar la etapa confiadas en que aunque sufrimos, y con toda razón derramamos lágrimas, Dios está a nuestro lado. Por lo general el dolor nos refina, nos acerca más a Dios, nos pone de rodillas. No es fácil pasarlo, no siempre tenemos respuestas y no podemos entenderlo 100 por ciento. Pero Dios no nos deja solas.
Sin embargo, un día tenemos que escuchar su voz diciendo lo que dijo a Samuel: “Ya has sufrido lo suficiente por…” Las mujeres somos bastante sufridas y a veces creemos que no tenemos derecho a dejar de sufrir. Pero Dios dice algo muy diferente. Después de los momentos de dolor siempre vienen momentos de empezar de nuevo. Entonces, como Samuel,  tenemos que llenar nuestro frasco con aceite de oliva y ver lo nuevo que Dios va a hacer. En el Antiguo Testamento el aceite casi siempre es un sinónimo de bendición, de abundancia.
Dicho con otras palabras, Dios le indicó a Samuel: Ya el tiempo de sufrir ha terminado. Tienes que seguir adelante y ver lo que yo puedo hacer. Voy a hacer algo nuevo, una nueva oportunidad para Israel. Mi bendición será evidente. Así que levántate y haz lo que te digo.
¿Qué tal si Dios estuviera diciéndote eso mismo hoy? Ya el tiempo de sufrir ha terminado. No importa si el motivo fue un error de tu parte, o algo que estuvo totalmente fuera de control. Dios y tú saben si ha llegado el momento de dejar de sufrir y dar espacio a lo nuevo.
Y quizá eso nuevo empiece contigo misma. Tal vez hasta hoy has vivido presa en un pasado que no quieres soltar, y sigues allí sufriendo. Pero en Cristo, “¡lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!” Tú has sido bendecida con toda bendición espiritual. El Señor ha llenado tu frasco con un aceite nuevo, una unción nueva. Para de sufrir, levántate y toma tu frasco porque el Dios del universo está a punto de hacer algo nuevo y tú serás su testigo.
Bendiciones,

(Publicado originalmente en wendybello.com)

Wendy

Espiritualidad, Familia

Por tu bien y el de tu familia decide “estar”

No fue solo la belleza del mar ni su olor cautivante, ni la suavidad de la blanquísima arena o la brisa refrescante  cargada de sal en medio del ardiente verano. Sí, disfruté todo eso, y mucho… pero lo que realmente me llevé de esas vacaciones fue mucho más duradero.

Esto lo anoté en mi diario en el último día:

“Sin dudas uno tiene que ser intencional para disfrutar las bendiciones, jugar con los hijos, reír con ellos, y sacar lo mejor de cada momento que se nos regala de este lado de la eternidad.”

Algo intencional es algo deliberado, es decir, que se hace a propósito, se decide. Y justo eso fue lo que marcó mis vacaciones aquel año: la decisión de “estar” en el momento. ¿Sabes? Podemos estar físicamente en un lugar pero no estar realmente. Nuestra mente puede divagar, la tecnología puede distraernos (¡y mucho!). Le pedí al Señor en esas vacaciones que me ayudara a ser intencional para “estar allí”, de verdad.
¡Y qué diferente fue! Estar para ver la sonrisa de mis hijos, para nadar y encontrar bizcochos de mar, para construir muñecos de arena y levantarnos temprano en busca de caracoles. Estar para abrazar  y besar a mi esposo una y otra vez, y disfrutar su compañía, y caminar de la mano. Estar para contemplar la magnificencia del atardecer, para darnos un chapuzón en la piscina y esperar que el cielo pasara de azul a negro con estrellas, matizado por el rojo y naranja del atardecer.
Dios me habló mucho en esos momentos. Me recordó que en un abrir y cerrar de ojos ya mis hijos crecerán. Que el mañana no es garantía, solo el hoy. Que para escuchar su voz tengo que bajar la marcha, que las relaciones necesitan tiempo no planificado; que nuestras familias crecen hacia arriba y hacia abajo, echando raíces profundas, cuando decidimos “estar” y dejar que el mundo siga girando mientras nosotros escogemos nuestro propio ritmo.
Esa fue nuestra tercera visita a esa playa, pero sin dudas, y por consenso familiar, fue la mejor. ¿Qué marcó la diferencia? Me atrevo a decir que fue la decisión de “estar”, de no apurarnos, de disfrutar la compañía mutua, de no llenar el horario de actividades, de decir sí a todo lo que verdaderamente lo meritaba y dejar pasar el resto.
Lamentablemente no podemos vivir en ese lugar para siempre, ni estar siempre de vacaciones, pero sí podemos escoger una actitud de “estar”. Una actitud intencional a favor de aquello que es en verdad importante.
En ese mismo día que te comenté al principio anoté:

“Señor, ayúdame para que al regresar yo pueda esconder todo esto y seguir actuando con un corazón agradecido… que pueda balancearlo todo.”

Vivir con la intención de “estar” es justo eso, vivir en equilibrio. Aprender que, como dice Eclesiastés: “Hay una temporada para todo, un tiempo para cada actividad bajo el cielo” (3:1). 
Muchas cosas reclaman a gritos nuestra atención, pero no todas nos corresponden. Leí esto hace un tiempo y te lo quiero compartir: “No todas las oportunidades están a destinadas a ser mi tarea”. Lysa TerKeurst.
Mi querida lectora, escojamos “estar”, de verdad. Busquemos una vida de equilibrio, con prioridades en las relaciones, en lo que de verdad importa. No aglomeremos tanto nuestra agenda que la vida se nos vaya de una tarea en otra, de un compromiso en otro. Recuerda, solo hoy puedes “estar” y disfrutar ese momento único que se convertirá en los dulces recuerdos de mañana.
Esa es la abundancia de vida que Dios diseñó, ¡disfrútala!  
Bendiciones,

Wendy

Publicado originalmente en wendybello.com 

Espiritualidad, Familia, Uncategorized

La única tradición que no quiero en mi familia.

Me gustan mucho las tradiciones familiares. Hay valor en ellas. Las tradiciones unen a las familias y crean un sentido de estabilidad en los niños. Las tradiciones forman los recuerdos que con los años se convertirán en tesoros de la memoria. Las tradiciones crean nexos entre las diferentes generaciones. Las tradiciones son una manera de transmitir nuestros valores y creencias.

Dios también valora las tradiciones, por eso estableció en el pueblo de Israel diferentes fiestas y fechas significativas que los judíos todavía hoy celebran.

El cristianismo también tiene sus propias celebraciones tradicionales ya como la Navidad, el domingo de Resurrección, y aquí en los Estados Unidos, el Día de Acción de Gracias.
Sin embargo, hay una única cosa que no quiero que mis hijos vean como una tradición. ¿Sabes qué es? ¡Dios! No quiero que para ellos Dios sea una tradición familiar, algo que han heredado. Sí, hasta cierto punto están recibiendo un legado de fe, un legado de lo que creemos y por qué lo que creemos. 

Pero eso no es suficiente. La verdadera fe como tradición no funciona. ¿Por qué? Porque no podemos llegar a Dios mediante una tradición, ni un rito, ni algo que la familia nos dejó en herencia. A Dios solo llegamos por medio de una relación personal que se hace posible al conocer a Jesús, aceptar su sacrificio en la cruz como pago por mis pecados y reconocerlo como Salvador y Señor de mi vida.Sin embargo, no se puede heredar, ¡es personal!

Como madres, abuelas, tías, etc., tenemos la responsabilidad de “instruir al niño en su camino”, pero también necesitamos orar incansablemente para que en sus vidas haya un encuentro genuino con Dios de manera que Jesús no sea una tradición para ellos sino el centro de su existencia.

Mi querida lectora, tengamos cuidado de no querer ver la vida cristiana como una tradición familiar. ¡Claro que queremos que de generación en generación nuestras familias amen a Cristo y vivan para él, y le sirvan! Pero no podemos convertirlo en un ritual. ¿Y sabes cómo lo evitamos? Al vivirlo; que nuestros hijos vean que cuando vamos el domingo al templo lo hacemos como parte una familia de fe; pero que también puedan ver nuestra relación con Jesús los otros seis días de la semana. Que sepan que no leemos la Biblia solo los domingos, ni alabamos solo los domingos, ni oramos solo los domingos.

La mejor predicación que tus hijos verán y escucharán será tu propia vida porque la tienen frente a ellos constantemente. ¡Aprovechemos esa oportunidad! Que Dios nos use como un instrumento para que en sus corazones crezca el anhelo de tener una relación con Jesús tan real y genuina como la que han visto en su hogar.
Bendiciones,

Wendy

Familia

Esposa vs mamá, el dilema

“Yo soy primero madre y después esposa”,  eso es lo que muchas veces, muchas veces he escuchado y el criterio que escuchan también muchas niñas al crecer y luego repiten al madurar.

Sé que estas palabras pueden crear discrepancias pero hoy quiero hablarte al corazón, con la verdad de Dios, y así quisiera que las recibieras.Uno de los versículos más leídos en las bodas es Génesis 2.24: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser”. Todas lo conocemos pero por alguna razón solo lo aplicamos a la idea de que ya no viviremos más con los padres, en el sentido físico, de la casa. Sin embargo, entiendo que también tiene implicaciones para nuestra tarea de madres.

Al casarnos empezamos una nueva familia, una familia donde aunque no desechamos a nuestros padres ni los descuidamos {eso nunca está respaldado por la Biblia}, ahora nuestra responsabilidad principal está en ese pequeño núcleo que comenzamos con nuestro esposo y al que luego se añadirán los hijos.

Pero esos hijos, un día dejarán a su padre y a su madre y se unirán a su esposa o esposo, según corresponda. Formarán su propia familia. Y nosotras seguiremos junto a nuestro esposo, tal y como comenzamos.  El ciclo continúa.

Hace años leí en un libro de Bárbara Johnson que los hijos son un préstamo que Dios nos hace por 18  o 20 años más o menos, y así es. Aunque siempre serán nuestros hijos y estaremos a su lado para amarles, apoyarles y ayudarles, tenemos un espacio de tiempo limitado para criarlesPero en ese tiempo, a pesar de que tenemos que dedicar gran parte de nuestras fuerzas, energías y tiempo a ellos, no podemos descuidar la relación principal y que dio origen a nuestra familia, nuestra relación con el compañero que Dios nos dio. 

Es ahí justamente donde viene el problema. Muchas mujeres deciden ser primero madres y luego esposas, alterando el orden que Dios dio y el matrimonio comienza a sufrir. Si en esos 18 o 20 años de los que hablé antes no cultivamos nuestra relación, no buscamos tiempo para compartir con ellos, para disfrutar las cosas que nos gustan, etc., cuando los hijos se vayan de casa y el nido quede vacío como dicen, miraremos a ese hombre que está a nuestro lado y solo será un extraño, alguien con quien hemos convivido pero nada más. Puede parecer muy radical lo que te digo pero lo he visto demasiadas veces. Mujeres que han sido madres súper dedicadas, excelentes dueñas de casa pero descuidaron su relación con el esposo y, o terminaron con un matrimonio mediocre o lo perdieron.

Mi amiga lectora, no me malentiendas. Para nada estoy promoviendo que seamos madres descuidadas ni que no nos ocupemos de nuestro hogar. ¡Al contario!  Mi anhelo es que aprendamos a ser mamás como Dios lo diseñó. Pero si mostramos a nuestros hijos un matrimonio precioso donde sus padres se aman, se cuidan, se dan prioridad, les estaremos dejando una herencia muy valiosa, un patrón que la sociedad no sabe mostrarles. Y cuando ellos tengan sus propios matrimonios, sabrán qué hacer para tener éxito.

Mira lo que dice Dios en Tito 2: “Esas mujeres mayores tienen que instruir a las más jóvenes a amar a sus esposos y a sus hijos,  a vivir sabiamente y a ser puras, a trabajar en su hogar, a hacer el bien y a someterse a sus esposos. Entonces no deshonrarán la palabra de Dios”.  Ahí está el orden bien claro: esposo primero, hijos después.

Tu esposo es el compañero que Dios te regaló para toda la vida. Tienes responsabilidad ante él de amarlo, respetarlo, cuidarlo. Es una bendición que debemos atesorar. Todo este asunto de la familia fue idea de Dios, y él en su inmensa sabiduría estableció un orden, seamos mujeres sabias y sigamos sus instrucciones. El diseño de Dios es perfecto, no lo podemos superar.

Bendiciones,

Wendy

{Publicación original en wendybello.com}

Crecimiento Personal, La Biblia

¿Huésped o habitante?

“Entonces Cristo habitará en el corazón de ustedes a medida que confíen en él. Echarán raíces profundas en el amor de Dios, y ellas los mantendrán fuertes” (Efesios 3:17)

Este versículo comienza con una palabra que indica consecuencia o fin al que se encamina algo: “entonces” (en la NTV) o “para” (en otras versiones).  La presencia y acción del Espíritu Santo en nosotros es la presencia de Cristo mismo. Pero, sin ponernos demasiado exegéticas, esto fue lo que vino a mi mente mientras lo leía: el Espíritu Santo nos fortalece pero a medida que confiamos en Cristo, y entonces él habitará en nuestro corazón. Permíteme explicarme. 

Hay una gran diferencia en tener a alguien como huésped o visitante y alguien que habita en nuestra casa. La persona que habita se establece, goza de los mismos derechos que el resto de sus habitantes. 

Muchas veces aunque decimos que Cristo vive en nuestro corazón, lo tenemos más bien como un huésped pero no le dejamos habitar, establecerse. ¿Por qué? Varias razones pero esta que Pablo revela aquí me llegó mucho: por falta de confianza, o falta de fe. Cristo se establece, se adueña de nuestro corazón, cuando voluntariamente lo dejamos al mostrar que confiamos en él. 

Normalmente no abrimos la puerta a extraños, y si lo hacemos, solo les dejamos llegar hasta la sala. Algunas amistades tienen acceso a nuestro comedor y cocina. Pero solo los más íntimos han estado en nuestra recámara, ¿cierto? Igual pasa con el Señor. Le limitamos el acceso a áreas de nuestra vida porque, la verdad sea dicha, no confiamos plenamente, incluso cuando lo digamos de labios para afuera.

Te confieso que esta palabra que te comparto me confrontó a mí. Solo la confianza en Cristo, confianza real, hará que él pueda establecerse, habitar en nuestros corazones. Confianza real es confiar cuando no entiendo, cuando llegan los huracanes, cuando el viento sopla, me quedo sin trabajo, llega la enfermedad, se rompen las cosas en casa y hay que reemplazarlas, la muerte ronda, las relaciones se rompen, y aun así poder decir: confío en que él tiene mi vida en sus manos, voy a estar bien.

Ahora mira, el resultado de confiar así es que nos arraigamos en el amor de Dios y eso nos mantiene fuertes. ¡Tremendo! ¿Te percataste? Cuando vienen los embates normales de esta frágil vida terrenal, lo que nos mantiene fuertes es tener raíces en el amor de Dios.  Eso fue justo lo que el Espíritu Santo me hizo notar. Los vientos me estaban derribando porque en el fondo mi corazón dudaba del amor de Dios.

El mismo Pablo nos enseña en Romanos que nada nos puede separar del amor de Dios. Dios nos dice que nos ama con amor eterno. Nos dice que nos ama con amor inagotable. Pero nos toca a nosotros decidir aceptar y creer en ese amor.  Justo por eso Pablo les dice en el versículo 18 que espera que ellos puedan comprender la medida del amor de Dios, y que puedan experimentarlo (v. 19), a pesar de lo incomprensible que es para nuestra mente humana.

Mi amiga lectora, si logramos aunque sea captar esta simple verdad, los embates de la vida no nos derribarán tan fácilmente: DIOS NOS AMA Y SU AMOR GARANTIZA QUE TODO LO QUE NOS SUCEDE TIENE COMO FIN NUESTRO BIEN. Es difícil entender un amor así, lo sé, pero es ahí donde entra la confianza de la que hablábamos antes, la fe.

Vamos a abrir el corazón, con plena confianza, y dejar que Cristo se convierta en residente no huésped. Y, confiando en él, agarrarnos con uñas y dientes al amor de Dios y allí encontrar la fuerza.

Cristo no se impone, él espera que confiemos y al confiar estemos dispuestas a abrir la puerta de nuestro corazón y dejarle entrar a todas las habitaciones.

El amor de Dios es incomprensible, pero real, y lo único que nos mantendrá firmes, incluyo cuando el suelo parezca desaparecer bajo nuestros pies.

Bendiciones,

Wendy

Este artículo forma parte del libro “Vivir en la luz”, ahora disponible en forma impresa. Para adquirir tu copia, sigue este enlace