Espiritualidad

La Bienvenida al REY…

Pronto celebraremos la Semana Santa, donde recordamos la muerte y resurrección de Jesús.

Pero antes de ello, sucedió algo muy interesante, la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.
Jesús entra en Jerusalén, cabalgando sobre un borrico, y siendo aclamado por la multitud, que extiende sus mantos delante de Él y agita ramas de palmeras a su paso.  Este suceso estaba profetizado de antemano en Zacarías 9:9 , donde dice “Alégrate mucho, hija de Sión, he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un pollino hijo de asna”

¿Qué manera de venir de un rey es esa?, ¿ no desfilan los reyes con toda su pompa y séquito, demostrando su poderío y autoridad?, ¿ cómo se entiende que un rey viene humildemente, no en un maravilloso carro romano, sino sobre un borrico?

Casi parece cómico, pero esto encierra un mensaje revolucionario. Jesús vino a establecer un reino, pero un reino muy diferente a los de este mundo. Jesús vino a establecer un reino en los corazones de las personas, un reino donde el principal motor es el amor. 
Jesús quiere reinar en nuestro corazón, pero Él no se impone, Él nos invita. Él no es un dictador, Él dice: “Venid a mí los que estáis cargados y yo os haré descansar “. Y si nos acercamos a Él, Él continúa diciendo “ Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas” 
Como mujeres, seguro que muchas veces estamos agotadas por el ajetreo de la vida, pero muchas veces es un desasosiego interno, por las diferentes circunstancias de la vida. 

Tenemos un hermoso desafío, si hemos decidido seguir a este Rey : Aprender de Él , y Él ha prometido darnos descanso. Él es nuestro ejemplo a seguir, nuestro “superhéroe”. Una vida de servicio, entrega, humildad, de motivaciones limpias, de sumisión a Dios y dependencia de Él , de misericordia y perdón …

Quisiera dejar una pregunta: ¿ Es Jesús el rey de toda mi vida?, ¿ qué áreas debo entregarle, para que Él trabaje y gobierne en ellas?

Anneli

Crecimiento Personal, La Biblia

¿Huésped o habitante?

“Entonces Cristo habitará en el corazón de ustedes a medida que confíen en él. Echarán raíces profundas en el amor de Dios, y ellas los mantendrán fuertes” (Efesios 3:17)

Este versículo comienza con una palabra que indica consecuencia o fin al que se encamina algo: “entonces” (en la NTV) o “para” (en otras versiones).  La presencia y acción del Espíritu Santo en nosotros es la presencia de Cristo mismo. Pero, sin ponernos demasiado exegéticas, esto fue lo que vino a mi mente mientras lo leía: el Espíritu Santo nos fortalece pero a medida que confiamos en Cristo, y entonces él habitará en nuestro corazón. Permíteme explicarme. 

Hay una gran diferencia en tener a alguien como huésped o visitante y alguien que habita en nuestra casa. La persona que habita se establece, goza de los mismos derechos que el resto de sus habitantes. 

Muchas veces aunque decimos que Cristo vive en nuestro corazón, lo tenemos más bien como un huésped pero no le dejamos habitar, establecerse. ¿Por qué? Varias razones pero esta que Pablo revela aquí me llegó mucho: por falta de confianza, o falta de fe. Cristo se establece, se adueña de nuestro corazón, cuando voluntariamente lo dejamos al mostrar que confiamos en él. 

Normalmente no abrimos la puerta a extraños, y si lo hacemos, solo les dejamos llegar hasta la sala. Algunas amistades tienen acceso a nuestro comedor y cocina. Pero solo los más íntimos han estado en nuestra recámara, ¿cierto? Igual pasa con el Señor. Le limitamos el acceso a áreas de nuestra vida porque, la verdad sea dicha, no confiamos plenamente, incluso cuando lo digamos de labios para afuera.

Te confieso que esta palabra que te comparto me confrontó a mí. Solo la confianza en Cristo, confianza real, hará que él pueda establecerse, habitar en nuestros corazones. Confianza real es confiar cuando no entiendo, cuando llegan los huracanes, cuando el viento sopla, me quedo sin trabajo, llega la enfermedad, se rompen las cosas en casa y hay que reemplazarlas, la muerte ronda, las relaciones se rompen, y aun así poder decir: confío en que él tiene mi vida en sus manos, voy a estar bien.

Ahora mira, el resultado de confiar así es que nos arraigamos en el amor de Dios y eso nos mantiene fuertes. ¡Tremendo! ¿Te percataste? Cuando vienen los embates normales de esta frágil vida terrenal, lo que nos mantiene fuertes es tener raíces en el amor de Dios.  Eso fue justo lo que el Espíritu Santo me hizo notar. Los vientos me estaban derribando porque en el fondo mi corazón dudaba del amor de Dios.

El mismo Pablo nos enseña en Romanos que nada nos puede separar del amor de Dios. Dios nos dice que nos ama con amor eterno. Nos dice que nos ama con amor inagotable. Pero nos toca a nosotros decidir aceptar y creer en ese amor.  Justo por eso Pablo les dice en el versículo 18 que espera que ellos puedan comprender la medida del amor de Dios, y que puedan experimentarlo (v. 19), a pesar de lo incomprensible que es para nuestra mente humana.

Mi amiga lectora, si logramos aunque sea captar esta simple verdad, los embates de la vida no nos derribarán tan fácilmente: DIOS NOS AMA Y SU AMOR GARANTIZA QUE TODO LO QUE NOS SUCEDE TIENE COMO FIN NUESTRO BIEN. Es difícil entender un amor así, lo sé, pero es ahí donde entra la confianza de la que hablábamos antes, la fe.

Vamos a abrir el corazón, con plena confianza, y dejar que Cristo se convierta en residente no huésped. Y, confiando en él, agarrarnos con uñas y dientes al amor de Dios y allí encontrar la fuerza.

Cristo no se impone, él espera que confiemos y al confiar estemos dispuestas a abrir la puerta de nuestro corazón y dejarle entrar a todas las habitaciones.

El amor de Dios es incomprensible, pero real, y lo único que nos mantendrá firmes, incluyo cuando el suelo parezca desaparecer bajo nuestros pies.

Bendiciones,

Wendy

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